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Este que ha
abierto el lector es -nada menos- un libro de cuentos. Narrados, interpretados,
discutidos, sueños que con tienen olores, sabores y sensaciones para
compartir. Y en los arrabales de cada sueño, un analista que con
frialdad, procura destruir algunas de esas ilusiones y procesarlas en la
calculadora. (Ojo; solo logra destruir las ilusiones. Los sueños
se mantienen incólumes) Dice Félix Guattari que los mejores
psicoanálisis no son los que produjeron Freud, Jung o Lacan, sino
más bien los de Goethe, Proust, Joyce, Artaud y Beckett. Y aun más:
la obra literaria de los primeros constituye -quizás- lo mejor que
subsiste de ellos. Algo de esto alimenta esta colección de sueños
-"no toda es vigilia la de los ojos abiertos" escribió
Macedonio- pergeñados por un medico que es además músico
y académico. Esdrújulas profesiones que sin embargo no le
han trasmitido gravedad. Sueño -dice
el diccionario- puede ser el acto de dormir, pero también el de representarse
en la fantasía sucesos o especies mientras se duerme; o estos mismos
sucesos como sustantividad. Puede ser también las ganas de dormir.
O quizá una cosa fantástica y sin fundamento; en especial,
proyecto, deseo o esperanza que tiene pocas probabilidades de realizarse.
Esto es lo que -sin estremecerse y sin arrepentimientos- propone Grijalbo
con total impunidad. Pero aquí estamos ante sueños que se
potencian como vivencias de aquellas que raramente logramos comunicarle
a alguien: Por aquello de que "hay cosas que uno les dice solo
a los amigos, otras que no les dice siquiera a los amigos, y también
cosas que uno no se dice ni a sí mismo". Dispuesto a contradecir
a Dostoeivski, el sueñero de este libro no parece dispuesto a reivindicar
la memoria de los padres fundadores del psicoanálisis, pero si es
capaz de festejar -como lo hace Pipkin en "Tancredo, ginecólogo
espiritual"- los extravíos represores de un cura, ya que
"mientras estos tipos sigan haciendo este tipo de boludeces con
sus hijos, a nosotros nunca nos faltará trabajo". La búsqueda
del amor perfecto en contraposición con la armonía de las
formas, son sueños que se funden en "Mujeres Tipo I".
La recorrida por la octología (¿se dirá así?
¿Si cuando son tres es trilogía, por qué no "octología"
cuando son ocho?) de sueños que propone De Michele termina siendo
un paseo por las patologías de una sociedad indefinible aun en términos
médicos, tan caros a la prosa del autor, ávida de precisiones
plenas de un humor socarrón e inteligente que busca un cómplice
en le lector.
En "Testigos & Banderolas" el paseo se transforma
en una búsqueda reconstructiva de la memoria, donde los libros -
sugestivamente- se transmutan en bicicletas. El sueño se vuelve castizo
en cuando sube aun avión para alentar al "Se jode fútbol
Club", en "La Ola de Marietta" adopta un carácter
erótico y circular. Con "Mirar vidrieras
desde adentro" propone un diálogo jocoso -y altamente
teatralizable, atención directores inquietos- sobre la muerte y la
amistad: Para el final, con "El Telefixx" arremete contra
la proliferación tecnológica y su vieja manía anti
movicon reaparece con toda furia e imaginación. El más grande
escritor que dieran estas tierras sospeche que "La literatura es una
forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado.
Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un
esfuerzo". El que aquí prologa, no se considera digno de prologar
a nadie, y si en este caso se lo ha propuesta es porque lo adivina una módica
forma de la amistad antes que un ejercicio de critica literaria. Empero,
haberse adentrado en estos sueños, haberlos recorrido, sin esfuerzo,
y mas bien con un sereno espíritu de disfrute, debe significar algo.
Julio 2003