
La fiesta
de veinticinco años de egresados estuvo buenísima, sin duda,
el momento más emotivo fue tras la cena, cerca de las dos de la mañana,
cuando los organizadores nos obsequiaron un cuadrito con el recordatorio
de rigor para cada uno. La cosa siguió hasta el amanecer, pero yo
no logré aguantar el baile y el resto del programa, así que
a las tres, decidí volverme en el Mitsubishi de Alfredo.
En el viaje de regreso le pedí que encendiera la luz de la cabina
y embelesado, como si se tratara de un pequeño Van Gogh, me quedé
mirando aquel diploma enmarcado por un buen rato hasta que me dormí.
Lo más seguro es que el cuadro debe haber caído sobre mi cara
y como cayó, quedó.
Descendí al sótano de mi vigilia de a dos escalones con la
nariz aplastada por el vidrio del cuadrito. Hasta ese momento puedo dar
cuenta de mis recuerdos.
Cuando volví a saber del mundo, peinado con gomina, apuntillado y
oliendo a lavanda funeraria, fui el protagonista central de mi propio velorio
desde dentro de una noble caja mortuoria.
La tapa del ataúd, coincidentemente, tenía una ventanita de
cristal, a cuyo través los contertulios veían los prolijos
tapones de algodón en mi nariz, al tiempo que yo distinguía
desde abajo los mocos y detalles de la circulación venosa de las
narices de ellos. Estaba efectivamente muerto, porque el vidrio no se empañó
nunca, ni cuando hablé con mi amigo Alfredo. El atorrante –cómplice
de toda la vida– se instaló a mi lado con los ojos rojos, empezó
a tergiversar mi biografía en voz alta y a decir una pavada tras
otra en tono monocorde, moviendo los brazos como un robot programado para
llamar la atención en la entrada de un
estacionamiento.
Juro que jamás le había oído decir semejantes cosas en
veinte años. Con una indulgencia untuosa,
enumeraba vociferando virtudes que nunca tuve:
— ... un tipazo, laburador, gran amigo, generoso, sensible, solidario...
La lista se hacía eterna en el discurso de Alfredo, quien actuaba malamente
su pretendido dolor para el auditorio. Siempre fue un poco tartamudo, así
que por ahí se trababa, entonces, alguno haciendo de apuntador, le
indicaba alguna ignota virtud nueva, y él, automáticamente,
continuaba con la secuencia. Si supiera que lo estaba viendo y escuchando,
estoy seguro de que jamás haría una cosa así. Su alcahuetería
post mortem, además de innecesaria, me pareció de mal gusto.
— ¡Hermano! - dijo mientras sollozaba ahogado como un
chico atragantado con leche. ¡Parecía un llorón contratado!
— Alfredo, no te calentés que estoy bien. Es como mirar vidrieras
al revés, ¿me entendés? Cortala con el circo...
— ¿Que decís?
— Ver el mundo desde acá, es como estar dentro de la vidriera,
dejá de llorar...
— Vos me estás jodiendo, hermano...
— Ves todo... ¡La harina de velorio ves, Alfredo!
— ¿De qué hablás?
— Fijate en estos tipos que me miran, se morfan como langostas las masitas
secas con membrillo de la Cone, esas que me gustaban a mí. Desde aquí
ves la harina de velorio dando vuelta en sus bocas, como una mezcladora de
cemento en funcionamiento. ¡Que lo parió, cómo comen!
Pero por mí, no te preocupes, que estoy bien... Hambre, nada, no tengo,
frío menos...
— ¿Dentro de un cajón estás bien? ¡No me
jodas!
— Cajón no digas, que suena a frutería. Vos estás
acostado acá, enfardado y maquilladito entre paredes de madera, con
el cristal aplastándote la ñata... Tiene su encanto, Alfredo,
no te creas... Además no te duele nada...
— Estás en un cajón, hermano...
— Te pedí que no dijeras cajón, Alfredo...
— ¿Y cómo querés que diga?
— Decí ataúd... O mejor féretro, decí féretro,
Alfredo.
— ¿Féretro?
— Sí, féretro, una palabra espantosa que lleva la muerte
en la letra efe.
— Con efe de faquir, fané, fiambre, con efe de fallecido, de
funeral, de final...
— De feo, de frío Fahrenheit...
— Féretro... ¡Pero qué palabra de mierda, hermano!
— Bueno, como te decía, estar acá entre paredes de madera,
durito, horizontal, con las narices aplastadas y algodonadas, no será
la gloria, pero tampoco es para hacer semejante escándalo. Dejá
de llorar y decir huevadas, eso sí que me jode, ¿sabés?
Ah, una cosa Alfredo, ¿por qué me pusieron tapa con vidrio en
el féretro?
— Fue una decisión de la Cone, hermano, deberías preguntárselo
a ella ¿no te parece? Será porque a pesar del tortazo, la cara
te quedó entera, una pinturita. Para que se te vea la carita que tenés,
ha sido... Siempre tuviste la paz del espíritu en la sonrisa, lo que
pasa es que la panza se te hinchó, tipo cirrosis ¿viste? La
Cone no quería que se te viera la barriga hinchada, por eso... Tapado
y con ventanita, lógico...
— ¿Se hinchó? ¿Por qué carajo se me hinchó
la panza, Alfredo? Estaba a dieta, estaba adelgazando bien ¿o no? ¿No
sos médico vos? Explicame...
— Estabas chupando mucha cerveza ¿no te acordás? Te hinchó
la cerveza...
— No, no me acuerdo ...
— Amnesia, eso es amnesia por el palo que te diste. Después de
la joda del casamiento de Mabel, saliste en la Citroneta medio en pedo a la
ruta. ¡Hay que ser inconsciente! Te llevaste puesto un caballo que andaba
perdido en la noche, más en pedo que vos ¿Te acordás?
¡Pobre pingo!
—¡Uh, cierto! Me acuerdo del alazán cruzando por el medio
de la 37 a la madrugada. ¡Sí que me acuerdo! Che Alfredo, decime
¿la Citroneta se rompió mucho?
— ¡A quién le importa la Citroneta!
— Importa Alfredo, importa... ¿En qué coño va a
llevar los chicos al colegio la Cone ?
— ¡Se partió al medio la Citroneta! No sirve más
para nada, chatarra inútil. ¡Del caballo ni te cuento! Ni pa
hacer mortadela...
— El seguro paga todo, Alfredo ¿no?
— ¿De dónde? El caballo no tenía seguro contra
terceros que yo sepa, y vos, la última cuota de la póliza la
pagaste en el 87... ¡Un carajo el seguro!
— ¡Tanto joder con San Cristóbal! ¡Al pedo pegué
en el parabrisas la calcomanía que me vendieron en la feria de la iglesia
a dos mangos! ¡No te protege un carajo, al final!
— Alfredo...
—¿Qué necesitás?
— Decime... ¿Quién vino?
—¿Eh?
—¿Al velorio, quién vino? ¿La Cone está?
— Pero... ¡qué te parece, hermano! Estuvo todo el tiempo.
¡Está destruida!
— ¡La petisa es de fierro!
— ¡Ni hablar!
— Alfredo...
— Sí, que decís.
—¿La Negra está?
— ¿Qué Negra?
— La Negra Corinaldessi...
— La vi entrar hace un rato, dio unas vueltas, se tomó un café
y se las piró. Se fue enseguida...
— Me dio un beso ¡bah! en realidad le dio un beso al vidrio a
la altura de la frente como si yo fuera un hijo muerto.
— La vi.
— Morirse sirve para eso, Alfredo, desde acá detectás
todo. La gente baja sus barreras y se muestra como es, después que
te morís ya no hay que disimular nada. Debe ser lo único bueno
de morirse...
— ¿Te parece?
— ¡Claro! Sin contar el aguante de los amigos...
— Para eso estamos, para eso somos amigos...
Nunca sabré
cuanto tiempo pasó desde que dejamos la fiesta de los veinticinco años
en el Mitsubishi.
Ausente pero al volante, Alfredo estaba perdiendo el control cuando aún
dormido a su lado, percibí el peligro. Sus párpados se movían
rítmicamente como la persiana del reflector de señales luminosas
de un acorazado en medio de la noche, mientras luchaba contra el sueño
que pretendía cerrar sus instalaciones y llevárselo a la horizontal.
El auto empezó a serpentear, se salió de la ruta y luego de
zamarrearse en la banquina, sin perder velocidad, se metió en un maizal
a 130 kilómetros por hora. Un choclo tras otro golpeando contra la
carrocería, producían una secuencia de ruidos horribles, secos
y apagados, como si nos estuvieran ametrallando. En medio de la ensoñación,
este mal émulo del tableteo de la metralla, me despertó sobresaltado,
la luz de la cabina del Mitsubishi aún estaba encendida cuando abrí
los ojos. Yo iba sentado con el cuadro apoyado sobre la cara.
Me lo quité, vi a Alfredo profundamente dormido conduciendo ciego con
la cabeza echada hacia atrás y con los dedos crispados sobre la rueda
del volante, rumbeando hacia un molino de viento con la precisión de
un misil.
— ¡Alfredo! - le grité y el loco ni pestañeó.
Intenté girar el volante desde mi lado, para esquivar el molino. ¡Tarde!
Apenas pude oír el comienzo del estruendo. El Mitsubishi lanzado contra
la torre de metal, era indetenible. La escena se interrumpió, todo
se oscureció y volví al sótano de mi vigilia. Después,
de nuevo el mismo velorio, pero ahora con Alfredo enfardado en un cajón
fúnebre al costado del mío, sin contar a la Cone, la mujer de
mi amigo, la Negra Corinaldessi y los otros ahogados en llanto, tocando los
dos cajones con las palmas de las manos como para unirnos en un abrazo mortal.
— ¿Cómo
estás Alfredo? - le dije, mirándolo por el rabillo del
ojo y con verdadero pesar. Se lo veía realmente mal en el cajón
contiguo.
— ¿Dónde estás, hermano?
— Acá, al lado tuyo...
— ¡Tenías razón, che! -respondió con
la mirada extrema hacia la izquierda en un intento de verme.
— ¿Qué?
— Ves todo como desde dentro de una vidriera, acá...
— Viste...
Como haciéndome el tonto, le pasé a Alfredito un informe de
situación, ya que era bastante obvio que el loco no tenía idea
de lo que estaba ocurriendo.
— Che, Alfredo, te aviso que te dormiste manejando el Mitsu y nos
hicimos mierda.
— No te preocupes, hermano... ¿A vos te pasó algo?
— Y... yo ya estaba muerto, ¿te acordás? Ahora encima
de eso, se me rompió el cuadrito de los veinticinco años de
egresado. Qué cagada, ¿no?
— ¡Ah! ¿Nada más?
— ¿Te parece poco? El cuadrito se hizo pelota...
— ¿Y el auto?
— Ni me hagas acordar, no pudieron desincrustarlo del molino.
— Y a mí, hermano, ¿me pasó algo?
— ¿Cómo? Vos fuiste, Alfredo. ¡Vos fuiste! ¿Por
qué creés que estamos acá?
— ¡Uhh!
Entonces, empaquetado a su lado empecé a llorar afectadamente
y a explicarle a los presentes sin empañar el vidrio, lo paradójico
de la muerte de un tipazo como él, laburador, solidario, gran amigo,
generoso y sensible. El muy guacho, desparramado cuan largo era en el cajón,
estiró la hendidura de la boca en una sonrisa artificial, como las
armadas a mano por los funebreros para presentar a un muerto y dibujó
en su rostro una frase muda.
— Sos un hijo de puta, hermano, un grandísimo hijo de puta...
— ¿Por qué me tratás así, Alfredo? - le
recriminé.
— Vos ya estabas muerto, ¿qué necesidad tenías
de llevarme también a mí?
— ¿Tenés una idea del embole que debe ser la eternidad
sin amigos? ¿No decías vos que yo era un compañero insustituible?
— ¡Ah! Viéndolo desde ahí... Claro.
— ¿Entendés, Alfredo? ¿A qué te vas a quedar
acá?
— Y... qué sé yo... algunos planes tenía, ¿viste?
— Dejá de joder y vamos, que es más divertido mirar vidrieras
de a dos, como las mujeres.
— Ta bien... Vamos - respondió Alfredo resignado, sin empañar
el vidrio para nada, mientras los contertulios se devoraban los últimos
sandwiches triples de miga que quedaban.
Los de la Cone.
Los que me gustaban a mí...
Los de roquefort...